Ninguna feminista, me atrevería a decir que ninguna persona con noción ética, se posicionaría a favor de alguna forma de explotación de la mujer o de privación de sus derechos. Sin embargo, cuando se trata de lo que el aparato jurídico y empresarial ha llamado gestación subrogada, comienzan los titubeos, el hablar con la boca pequeña, la falta de determinación. Las dudas, los interrogantes, la indecisión.

La gestación subrogada, el embarazo por sustitución, los vientres de alquiler o lo que prefiero denominar, sin eufemismos, mujeres de alquiler es un asunto que merece con urgencia una discusión amplia desde distintos puntos de vista: legal, social, político y económico. Y a partir de varios principios: éticos, bioéticos y garantes de los derechos humanos.

Pero no. En situaciones cotidianas, como en una conversación con compañeras de trabajo, en un bar o en una sobremesa familiar, la regulación o abolición de los vientres de alquiler no se disputa en dichos términos, sino en uno mucho más insustancial bajo el que se escudan hoy todas aquellas prácticas de dudosa honestidad y justicia social: la libertad. ¿Pero, qué es libertad para el neoliberalismo?


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La sociedad de masas ondea la bandera de libertad con convicción y se rebela ante toda medida que pueda coartarla. Este hecho no es casual: responde a una estrategia bien definida de las esferas de poder para vendernos, nunca mejor dicho, que la libertad es una cualidad siempre positiva, invaluable y un fin en sí misma. Después, una vez comprada esa concepción, cualquier cosa bajo el parámetro de libertad es válida y hasta ética, porque la autocracia del libre mercado ha llegado incluso a determinar el bien y el mal.

Pero, hay una trampa en todo esto. Una trampa que sin querer nos ha convertido en cómplices de nuestro propio mal: esa bandera libertaria que ondeamos en el bar, en conversaciones con compañeras de trabajo o en una sobremesa familiar la ha tejido la maquinaria neoliberal, alterando los colores en su favor. Por eso, la idea establecida de libertad es ahora totalmente funcional al capitalismo: le sirve al libre mercado y a sus reglas, pero atenta contra la vida. Es una libertad mercantilizada, individualista y muy asociada a una búsqueda de felicidad a toda costa. Y a costa de todas.

Por un lado, frente a la cada vez mayor libertad de mercado, aumentan los cierres de fronteras y las políticas migratorias xenófobas. Las acciones financieras circulan por el mundo en un mercado que impide el libre tránsito de las personas, de sus recursos humanos. Un sistema de mercado que nos hace creer libres dentro de sus propios límites y nos ofrece cada vez más libertad en lo material y tangible, a costa de coartarnos la libertad filosófica, de pensamiento, de manifestación y expresión.

Por otro, la publicidad, las redes sociales, la moda healthy life y muchos otros factores incitan a caer en un individualismo exacerbado y en la certeza de que las personas encuentran libertad, muy asociada a la felicidad, en su interior. Las sociedades occidentales se han, o mejor dicho nos hemos, despolitizado. Hemos despojando la idea de que existen cuestiones de interés general que merecen respuestas colectivas. Nos hemos creído que el camino a la libertad, y por ende a la felicidad, es un camino para recorrer en solitario y caiga quien caiga.

Si trasladamos este combinado a la imposibilidad de ver cumplido el deseo de maternidad o paternidad, imprescindible para alcanzar la felicidad individual, llegamos a las técnicas de reproducción asistida y a la barbaridad ética de la gestación subrogada, uno de los máximos exponentes de la mercantilización de la capacidad reproductiva y del cuerpo de la mujer, así como de la propia vida.

Sin embargo, lo cierto es que en el llamado capitalismo occidental avanzado, donde ya existen propuestas para convertir en derechos los deseos de maternidad y paternidad, alquilar un vientre a cambio de una contraprestación económica no es un disparate. Tampoco resulta una idea descabezada, en especial cuando la parte subrogadora es más privilegiada, más rica y más blanca que la subrogada.

dominación o altruismo

Otras miradas podrían aludir al altruismo como argumento para defender la gestación por sustitución. En cambio, la realidad muestra que la contraprestación económica está presente en la mayor parte de los casos y los precios, disponibles en Internet: 120.000 dólares si la subrogación se lleva a cabo en Estados Unidos, y 40.000 si se realiza en Ucrania, Georgia, México, Tailandia, Kazajistan, India o Nepal, pasando por 80.000 en Rusia o Grecia. 

Otro jaque al altruismo lo evidencian varias experiencias macabras sobre las que ya advirtieron algunas películas futuristas: turismo reproductivo de personas del denominado norte global a países del sur global como una forma más de explotación colonial, redes de venta de bebés de madres gestantes por obligación en países como Vietnam o Kenia o casos concretos como el de un matrimonio adinerado de Reino Unido que extrajo el semen de su hijo fallecido con el propósito de tener un nieto a través de una gestación subrogada. ¿Quién asegura, entonces, que lo siguiente no sea una mujer con miedo a perder su trabajo que alquile el vientre de otra mujer para que se embarace por ella? ¿O que alquile otro vientre por no perder la figura? ¿O por no someter a su cuerpo a los cambios hormonales propios del embarazo?

Las relaciones de poder, la dominación racial, de clase y de género y las transacciones comerciales están, pues, en la naturaleza misma de la gestación por sustitución, una manifestación más del llamado ‘neoliberalismo sexual’.

El posicionamiento de muchas parejas homosexuales masculinas a favor de las mujeres de alquiler ha probado este hecho y ha dividido a dos colectivos, el feminista y el homosexual, que llevaban décadas de apoyo mutuo en sus reivindicaciones. A pesar de las diferencias individuales y colectivas, ambos movimientos de justicia social han mantenido durante años una sintonía en sus demandas de reconocimiento y defensa de sus derechos, hasta colisionar por una razón de fuerza mayor. El choque de argumentos es potente: unos, dispuestos a dar uso a sus privilegios de clase y género, hablan de libertad; otras, de que no hay libertad sin igualdad.

Repensar la llamada gestación subrogada nos lleva a una afirmación (diría conclusión, pero esta discusión carece aún de corolario) tan ingenua como real: si en las sociedades capitalistas libertad es igual a dinero, quien realmente es libre es quien tiene dinero. Ergo, en este caso, quienes quieren cumplir su deseo de paternidad o maternidad y pueden pagar por ello. Quien alquila su vientre, al contrario, es falsamente libre. Pero libre, en el marco del ‘neoliberalismo sexual’. Libre de escoger la mejor de las opciones en la situación de vulnerabilidad socioeconómica en la que se encuentra. Libre de someter a su cuerpo a nueve meses de embarazo, cambios hormonales y dolor en el parto. Libre, sin derechos sobre la vida que gesta en su interior. Libre, en un juego muy turbio donde se articulan todos los sistemas de dominación de la sociedad capitalista y patriarcal.

Repensar la problemática de las mujeres de alquiler exige salir del argumento clásico, estoico y deteriorado del ejercicio de la libertad individual. Las mujeres #NoSomosVasijas.




Foto de apertura: connomeeapelidos

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