la mafia no descansa

invitados a participar en el panel 'transparencia y acceso a la información pública'

All macho panel

La sororidad puede ser el antídoto más efectivo para erradicar y prevenir el machismo

Publicado: 2018-10-17


Una anfitriona joven, vestida con un traje refinado de chaqueta negra y falda gris y con zapatos granates de tacón, me guía hasta la segunda fila del auditorio. Dulce y muy cordial, me abre paso con su mano. “Por aquí”, me dice. Tomo asiento, acomodo mis cosas y las luces de la sala se atenúan. La conferencia va a empezar. El tema se me había antojado interesante: Transparencia y acceso a la información pública.

Seis sillones de cuero negro se disponen en el escenario. A su izquierda, un atril con un micrófono listo para darle uso. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Seis hombres encorbatados suben al tablado, lo atraviesan y ocupan sus respectivos tronos en un orden impoluto. Seis, me repito susurrando. El público aplaude, quienes llegan tarde rastrean los asientos libres y yo busco miradas cómplices, señales compañeras o algún rostro en el que pueda leer entre líneas un: “¡No hay ninguna mujer!”

La ovación inicial se disipa mientras otra joven, con idéntico atuendo al de la anfitriona, se sitúa tras el atril para dar por inaugurada la sesión y presentar a los ponentes, cada cual con un cargo más rimbombante y ostentoso.

Vuelvo a indagar entre el público, en busca de intrusas como yo que se hayan negado a aplaudir en una muestra infantil de indignación. Pero nada de eso sucede. El cabreo me sorprende desamparada, me siento sola frente al escaparate de virilidad que se abre ante mí. Es digno de análisis, pienso: seis sujetos con privilegios y posición de poder , que encajan en las siglas de lo que la filosofía feminista denomina BBVA (blanco, burgués, varón y adulto) y al estilo de lo que la cultura anglosajona nombró como manspreding, despatarre masculino en español.

 

El expresidente de españa, mariano rajoy, también hace manspreding.
fuente: revista vanity fair

Empiezan los turnos de palabra y soy incapaz de atender, la transparencia y el acceso a la información pública ya no me cautivan. Siento la ponencia como un sonido de fondo, muy de fondo, y solo pienso en encontrar la forma de salir de la segunda fila sin llamar demasiado la atención y buscar al comité organizador: La Dirección General de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Protección de Datos Personales

- Hola, buenas tardes, ¿qué tal? – me presento indecisa ante dos mujeres de mediana edad–. Me dijeron que ustedes forman parte de la organización de la conferencia.

- Sí, así es – responde una de ellas, amable.

- Me gustaría expresarles una crítica constructiva –me atrevo a decir aún dubitativa. “Crítica constructiva”, sí, ese es el término que empleo en un intento de camuflar mi irritación –. Creo que hacen falta más mujeres en este panel –digo.

En ese instante, se abre una conversación en apariencia afable pero en la que cualquiera, incluso a unos metros, percibiría tensión. Ellas, porque se toman a la defensiva mi atrevimiento con la “crítica constructiva”. Yo, porque me frustra la poca disposición al diálogo entre mujeres sobre temas que nos afectan a las mujeres. Me desilusiona la ausencia de sororidad, de ese sentido de hermandad femenina, de consideración y empatía.

Trato de argumentar lo mejor que puedo que con mi comentario no pretendo ofenderles, sino proponerles una mejora hacia la paridad de género, es decir, hacia la participación equilibrada de mujeres y hombres. El razonamiento que les presento es breve, sencillo, sin meterme a profundizar en la necesidad de diversificar también las voces más allá de la dicotomía hombre-mujer: voces racializadas, voces variadas en cuanto a la identidad o la orientación sexual o voces que no reproduzcan los arquetipos de masculinidad y feminidad blanca y burguesa. Me limito, como digo, a defender la necesidad de sumar a mujeres en mesas redondas, jornadas, seminarios o paneles que organicen en el futuro.

- Señorita, está usted muy equivocada –me contesta por sorpresa la misma mujer. La otra, molesta, se retira de la conversación y se sienta en una de las butacas libres de la última fila.

- ¿Equivocada?

- Sí. Si usted viniese a nuestras oficinas, vería que en realidad somos muchas más mujeres que hombres. Creo que somos 70% mujeres –sostiene–. Lo que pasa es que para la conferencia hemos invitado a las máximas autoridades y se da la casualidad de que esta vez quienes ocupan esos cargos máximos son hombres. No es que haya sido intencionado, simplemente es una casualidad.

Una casualidad. Simplemente. Una casualidad. Por varios segundos, esas palabras resuenan como un mantra en mi mente. Me siento aturdida, ese ha sido un golpe duro. Tomo aire y pienso en cuál podría ser la forma más acertada para explicar, en dos minutos y ante una mujer ofendida a punto de darme la espalda, que lo que ocurre en el auditorio nada tiene que ver con una casualidad.

- ¿Una casualidad? – pregunto con sarcasmo. Lo último que quiero es enemistarme con la mujer. Vuelvo a pensar en la necesidad que tenemos las mujeres de empezar a reconocernos de manera recíproca, de identificarnos como diversas y pares al mismo tiempo para poder aliarnos en la transformación de la realidad.

Empiezo a buscar la forma de reconciliarnos. Le comento que entiendo que la exclusión de mujeres en el panel organizado por ella no ha sido intencionada, pero que nuestra sub-representación en ese tipo de eventos existe, que no es un hecho aislado y que es necesario combatirla. Le hablo de manera escueta sobre los techos de cristal, término acuñado hace ya cuarenta años por Marilyn Loden para describir los obstáculos que enfrentan las mujeres en busca de ascenso al interior de organizaciones o empresas. Se les llama de cristal, le digo, porque son barreras invisibles. Le comento también que lo que sucede en el departamento en el que ella trabaja, rodeada de mujeres lideradas por un hombre, tiene que ver precisamente con este fenómeno y no con una eventualidad, tal y como ella defiende. Le reitero, quizá demasiado insistente, que el techo de cristal está relacionado con el número de personas que hay en cada organización en función del género, la brecha salarial de género y las dificultades para escalar a nivel profesional, también en cuanto al género.

La mujer ha dejado de prestar atención a mi discurso, a juzgar por su semblante de indiferencia y su postura: ya no me mira, observa el escenario mientras asiente apática con la cabeza. Sin embargo, por exigencias de la vida siento la obligación de mover mi última ficha y contarle que existe una iniciativa global que pretende terminar con los eventos totalmente masculinizados, lo que en inglés se ha llamado all male panel; que, por otro lado, ya hay varios grupos de académicos, empresarios y políticos hombres que se han sumado a iniciativas como la de ‘No sin mujeres’ y que en Perú personalidades como el congresista Alberto de Belaunde forman parte de este compromiso público.

La mujer volvió a asentir con desidia. Siento que mi sermón le aburre en exceso:

- Muchas gracias. Tendremos en cuenta su sugerencia. Buenas tardes -. Su respuesta no da lugar a réplica.

Me despido cabizbaja con un gracias y hasta luego y salgo de inmediato del auditorio, en la Universidad de Lima, con un jarro de agua fría y una duda que aún no he podido resolver: ¿Me dolió más la ausencia de mujeres en la conferencia o la falta de sororidad en el diálogo con la mujer del comité de organización?

Creo que lo segundo fue peor.



Escrito por

Maialen Mangas

Periodista. Bípeda, implume y miope. Me pregunto cosas. Suelo escribir.


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